A principios de la década de los 2000, España se convirtió, casi sin darse cuenta, en el mayor laboratorio de software libre del mundo. Mientras el planeta miraba hacia Silicon Valley, en regiones como Extremadura, Andalucía y Madrid se estaba fraguando una batalla épica por la soberanía digital. No se trataba solo de ahorrar costes en licencias; era una cuestión de ética, de pedagogía y de independencia tecnológica.
Hoy, con la perspectiva que nos dan más de dos décadas de evolución digital, miramos atrás para entender qué significó la era de las distribuciones autonómicas y por qué el caso de MAX en la Comunidad de Madrid marcó un punto de inflexión en la gestión de la tecnología pública.

