En la historia de la tecnología de consumo y de la administración pública, tendemos a fijar la mirada en los grandes centros de innovación de Silicon Valley, Seattle o las grandes capitales de Asia y Europa. Pocas veces reparamos en que las revoluciones tecnológicas más profundas, aquellas que impactan directamente en el día a día de millones de personas y que sientan cátedra sobre lo que es posible hacer con el software, nacen a veces en lugares inesperados. A principios de la década de 2000, en el sur de España, se fraguó uno de los hitos de soberanía digital más importantes de la historia informática reciente: el desarrollo y despliegue masivo de Guadalinex, la distribución autonómica de Andalucía basada en Linux.
La idea de una distribución de Linux respaldada por una administración pública no era del todo nueva. La vecina región de Extremadura ya había abierto la veda con Linex, un proyecto valiente que demostró que el software libre no era una mera utopía de hackers de dormitorio, sino una herramienta de transformación social lista para el ámbito gubernamental. Sin embargo, lo que aconteció en Andalucía llevó el concepto de las distribuciones autonómicas a una escala técnica y organizativa sin precedentes en el mundo hispanohablante.
Hablar de Guadalinex no es solo hablar de un sistema operativo alternativo o de un fondo de pantalla con motivos regionales. Es hablar de una obra de ingeniería pública que llegó a conectar, actualizar y mantener de forma centralizada una red de cerca de setecientos mil ordenadores escolares. Todo ello con un equipo humano asombrosamente reducido y una filosofía de gestión proactiva que resolvió problemas de gran envergadura mucho antes de que se convirtieran en habituales en el sector empresarial. Acompáñame en este recorrido detallado por la historia, los secretos técnicos y las lecciones humanas de este gigante del código abierto.




