La Era de las Distros

El podcast sobre la historia de las distribuciones Linux en España contada por sus protagonistas.

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Metadistros, la tecnología española que se adelantó a Ubuntu

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Hay tecnologías que se adelantan tanto a su tiempo que, cuando el resto del mundo las adopta y las convierte en norma, ya nadie recuerda quién las puso encima de la mesa. Ocurrió con aquellas distribuciones en vivo que arrancaban un ordenador entero desde un CD, con la persistencia de datos en un lápiz USB, con las capas de solo lectura que hoy sostienen hasta el último contenedor de software y, sobre todo, con una idea sencilla y algo audaz que un grupo de desarrolladores españoles convirtió en infraestructura en la primera mitad de la década de 2000. Aquella idea se llamaba Metadistros y consistía en lo siguiente, fabricar distribuciones de GNU/Linux a la carta para colectivos concretos, sin que quien las pidiera tuviera que saber nada de empaquetado, de dependencias ni de núcleos recién compilados. Cuando Ubuntu empezó a repartir CDs por medio mundo con un instalador gráfico que funcionaba a la primera, buena parte de ese camino ya estaba recorrido aquí, en español y con dinero público de por medio. Lo cuentan quienes estuvieron dentro, y su relato explica bastante de lo que vino después.

Para reconstruir aquella historia nos acompañan dos personas que vivieron el proyecto desde el taller. Juanje Ojeda, uno de los responsables de Metadistros, se ocupó sobre todo del calzador, el mecanismo que convertía cualquier distribución corriente en una versión en vivo capaz de arrancar en hardware muy distinto, y después pasó por el ecosistema de Canonical antes de recalar en Red Hat, donde hoy construye una distribución de Linux para automóviles certificada para Functional Safety. Sergio González entró en el proyecto por la puerta del kernel, la pieza que más sudor costó, y hoy trabaja en Incibe, en un entorno donde más del noventa por ciento de las máquinas son Linux. Con ellos dos, y con Roberto Santos, colaborador habitual de esta serie y memoria viva del activismo y de la gobernanza TIC de aquellos años, recorremos el episodio con el que cerramos la temporada.

El punto de partida: instalar Linux era un infierno

Conviene empezar por el suelo de la época, porque sin él la hazaña no se entiende. A comienzos de los años 2000, instalar una distribución de Linux en un ordenador corriente era una tarea de fin de semana, y no de un fin de semana cualquiera. Había que conocer el hardware, adivinar qué módulo del kernel correspondía a cada tarjeta, pelear con el sonido, rezar para que el servidor gráfico aceptara la resolución del monitor y repetir el proceso entero si algo fallaba, que fallaba a menudo. Sergio González lo sitúa con precisión, entre 2000 y 2002, cuando estudiaba ingeniería informática y descubrió que existía un mundo más allá del Windows y el MS-DOS que conocía de joven.

«Llegas a la carrera y te abren el mundo. Aparece internet también, que de aquella no lo teníamos. Y de repente hay una explosión, una explosión de compartir, de conocer.»

Sergio González

Su puerta de entrada fue Hispalinux, la asociación que en aquellos años funcionaba como eje de casi todo lo que ocurría en el software libre español. Y su primer encuentro con la comunidad no tuvo nada de protocolario. Roberto Santos andaba buscando a alguien que llevara el software libre en la Universidad de León, preguntó por la calle y se encontró con un estudiante que le contestó, con toda la naturalidad del mundo, que quizá fuera él. Sergio lo recuerda así.

«Me acuerdo muy bien porque preguntaste por aquel entonces, vengo buscando a alguien de software libre. Nos vimos en la calle y dije, pues igual soy yo.»

Sergio González

De aquel cruce salieron grupos locales, listas de correo y una amistad que dura hasta hoy. Roberto, que en las listas firmaba como Brown Dispatcher, fue durante años el reclutador involuntario de varios proyectos. Juanje Ojeda es el ejemplo perfecto, porque estudiaba educación física, tenía un ordenador en la delegación de alumnos y una curiosidad que no encajaba con un sistema que no dejaba mirar debajo del capó.

«Una cosa que me daba rabia es que quería saber cómo estaban hechas las cosas y no podía, porque era un Windows. Cuando descubrí que había otra cosa en la que la gente compartía cómo estaban hechas las cosas y los programas, y que tú podías cambiarlos y modificarlos, se me abrió un mundo de posibilidades.»

Juanje Ojeda

En Canarias encontró un grupo de usuarios especialmente activo que lo ayudó a instalar su primera distribución casi a la fuerza, porque en aquella época instalarse Linux era una tarea para dos personas y mucha paciencia. Después llegaron GNOME, Hispalinux y los congresos. Y una obsesión que explica todo lo demás, la convicción de que el software libre no servía de nada si la gente de a pie no podía usarlo. Juanje venía del lado del usuario final, no del laboratorio, y esa mirada condicionó su manera de trabajar durante los años siguientes.

Nace Metadistros: poner las piezas encima de la mesa

La chispa no la encendió una empresa ni una administración. La encendió una conversación en una lista de correo. Roberto Santos cuenta que en aquel momento había varias listas de coordinación, gente intentando cosas parecidas en sitios distintos, y que su aportación fue fundirlas para que todo el mundo se enterara de lo que estaban haciendo los demás.

«Hacer una distribución no era absolutamente nada sencillo, pero para nada, muy difícil hacer una distribución. Pero claro, era el gran anhelo poder hacer una distribución para colectivos donde tienen unas necesidades muy específicas. Aquello era para nosotros muy retador, pero también muy motivador.»

Roberto Santos

El diagnóstico era certero. Cada universidad, cada consejería, cada colegio profesional quería su propia distribución con sus programas, su escritorio y su imagen corporativa, y cada uno de esos intentos empezaba de cero, resolviendo los mismos problemas que ya había resuelto el vecino. La propuesta de Metadistros fue construir un conjunto de herramientas que permitiera a otros fabricar su distribución sin ser expertos en la materia, o al menos sin tener que rehacer el trabajo desde los cimientos. La definición que quedó para la historia habla de un espacio de colaboración entre gente que desarrolla distribuciones, y de no duplicar esfuerzos. Un metadistro, además, no era lo mismo que un live CD, porque el CD en vivo solo era el paso intermedio, la prueba de que aquello funcionaba antes de instalarlo de verdad.

Alrededor de aquella idea se juntó un grupo que hoy resulta difícil de repetir. Roberto menciona a Jordi Murgo, al que describe como uno de los mejores hackers que ha habido en este país y supervisor de software del proyecto, y a Amaya Rodrigo, desarrolladora de Debian, que aportaba el conocimiento del ecosistema y de sus reglas no escritas. A ellos se sumaron otros desarrolladores de Debian y gente que sabía de empaquetado, de dependencias y de ficheros de configuración. La lista de retos técnicos era larga, y el primero de todos fue definir cómo se construían los metapaquetes para que se cumplieran las dependencias sin que el sistema se rompiera.

La arquitectura que salió de aquellas discusiones tenía capas, como una cebolla. Un metapaquete declaraba qué necesitaba un colectivo para trabajar, y el sistema traía las piezas, resolvía las dependencias y las dejaba instaladas. Roberto lo resume con una frase que en aquella época sonaba a ciencia ficción y hoy suena a rutina.

«Aquí la idea es hacer un apt-get install guadalinex-educación. Se trae el metapaquete, resuelve dependencias y te lo tienes instalado de arriba abajo.»

Roberto Santos

Esa lógica acabó dentro de Guadalinex, la distribución de la Junta de Andalucía, que llegó a tener versiones diferenciadas para ciudadanía, educación y bibliotecas compartiendo la misma base. También dejó poso en otros proyectos, porque la idea de los sabores, de poder convertir un sistema en otro con una sola orden, es exactamente la misma que hoy usan Ubuntu, Debian y hasta Red Hat con nombres distintos. En su momento, sin embargo, casi nadie se fijó en esa parte. La gente veía un CD que arrancaba y funcionaba, y la infraestructura que había detrás quedaba fuera de plano.

Copiar el disco a saco

Si hay una idea que define el proyecto, es la de Roberto Santos sobre cómo había que instalar un sistema operativo. Venía del mundo industrial, de Telefónica, donde el software no se instalaba paquete a paquete sobre cada máquina, sino que se preparaba una imagen probada y se replicaba en todas las centrales. Trasladado al escritorio, aquello significaba una cosa muy concreta, dejar de instalar y empezar a copiar.

Su razonamiento era que el usuario debía encender el ordenador, ver el sistema funcionando desde el CD, comprobar que le gustaba y que el hardware respondía, y que mientras tanto, por debajo, el instalador fuera copiando la imagen ya configurada al disco duro. El objetivo era que en un cuarto de hora el equipo estuviera listo, sin preguntas y sin conocimiento técnico. Sergio González recuerda las discusiones que aquello provocó.

«Evidentemente, ¿cómo vas a instalar y copiar un disco duro? Tienes que instalarlo de la forma oficial y estándar. Entonces Roberto decía, no, tú arrancas Knoppix, ya estás viendo lo que es Linux, se ejecuta, funciona muy bien porque detectaba todo el hardware. Y mientras estás viendo Knoppix, lo que tiene que estar pasando por debajo es que ya se está copiando a tu disco duro.»

Sergio González

La resistencia no venía solo del conservadurismo técnico. Había una cuestión casi filosófica, porque en el mundo Debian la instalación paquete a paquete era el método canónico y cualquier atajo sonaba a trampa. Varios de los desarrolladores que participaban en Metadistros eran precisamente desarrolladores de Debian, y les costaba dar un paso que se salía de la ortodoxia. Juanje Ojeda, que había pasado por laboratorios donde se «planchaban» imágenes idénticas en decenas de máquinas, entendió de inmediato que aquel era el camino. También entendió sus límites, porque una imagen copiada tal cual envejece mal, y había que resolver qué pasaba cuando el usuario quería instalar algo nuevo.

Ese fue el origen de una de las decisiones más importantes del proyecto. Si copiabas la imagen de un CD en vivo sin más, el sistema quedaba tan acoplado a la estructura de solo lectura que se rompía en cuanto intentabas actualizar cualquier cosa. Había que separar dos mundos que hasta entonces iban juntos, el arranque y el sistema de archivos que se podía instalar. Esa separación, que hoy parece obvia, fue el hallazgo que dio al proyecto su ventaja durante varios años.

El calzador: separar el arranque de la distribución

El mecanismo se llamó primero cargador y luego calzador, y el nombre no era casual. Un calzador es la herramienta que permite meter un pie en un zapato que en principio no parece de tu talla, y eso era exactamente lo que hacía aquel software, tomar una distribución normal y meterla en un CD arrancable que funcionara en cualquier máquina. El nombre, según su recuerdo, se coció en el primer encuentro de desarrolladores del proyecto, y cuajó porque describía a la perfección lo que aquel software hacía con un sistema que no estaba hecho para el CD.

«Era algo que tú cogías, en teoría cualquier distro normal, y con el calzador lo hacías live, lo metías en cualquier hardware, porque detectaba muy bien el hardware. Y a partir de ahí ya te planteabas si la instalabas o no.»

Juanje Ojeda

La clave estaba en la detección de hardware, que en 2003 era el gran agujero negro de Linux. Jesús González-Barahona, copresentador habitual de la serie, lo plantea sin rodeos, si el sistema no reconocía la tarjeta de red o el disco, no había manera de seguir, y aquello no era una molestia, era un bloqueador absoluto. La solución que se inventó el equipo fue encadenar detectores, probar varios sistemas de identificación hasta localizar el hardware correcto. Roberto Santos lo califica de genialidad precisamente porque no contaban con las mejores herramientas del mercado.

El resultado se convirtió en la seña de identidad del proyecto y, también, en su mejor argumento técnico. Llegó un momento en el que el kernel afinado por el equipo más su detector de hardware arrancaba en más máquinas que el de Knoppix y que el de Ubuntu, que por entonces daba sus primeros pasos. Aquella superioridad tenía truco y tenía mérito, y el mérito estaba en el trabajo de compilación que Sergio González y otros miembros del equipo hicieron módulo a módulo.

Un CD en el bolsillo

En aquella época, el ancho de banda no permitía descargar una distribución cada semana. Jesús González-Barahona recuerda que mucha gente instalaba de CD y punto, que de internet se bajaba lo justo porque una imagen tardaba horas o días. En ese contexto, el soporte físico no era un detalle romántico, era la única forma de que el software llegara a su destino. Por eso él matiza la expresión habitual y prefiere hablar de CDs personalizados antes que de distribuciones personalizadas.

«En aquella época o lo tenías en el CD o en realidad es como si no lo tuvieras. Con lo cual, hacer esos CDs personalizados era muy importante.»

Jesús González-Barahona

Juanje Ojeda creó uno de los primeros, un CD de unos 175 megabytes con GNOME, recortado hasta lo imprescindible y metido en un disco de tamaño tarjeta de crédito. En aquel momento era una locura, un sistema completo que arrancaba desde el bolsillo y que servía para llevar el escritorio libre a cualquier parte.

A la misma altura del proyecto pertenece otra idea que hoy se da por supuesta. Los menús de Linux de la época eran una selva, con nombres de programas que solo su autor entendía y cientos de entradas que no decían nada al recién llegado. En lugar de explicar qué era el Evolution, el equipo diseñó menús orientados a tareas, con entradas del tipo quiero escribir un correo, quiero redactar un documento, quiero hacer un dibujo. La anécdota del correo electrónico es reveladora, porque en aquel escritorio convivían seis, siete u ocho gestores de correo distintos, cada uno con el nombre que a su creador le había parecido ingenioso.

El objetivo final nunca fue el CD. Fue que una persona sin conocimientos técnicos arrancara el sistema, lo viera, no se asustara, lo probara y, si le gustaba, se lo instalara. Y ese segundo paso, la instalación, era otro campo de minas, con particiones, arranque dual y sistemas de archivos ajenos de por medio.

El kernel como campo de batalla

Sergio González se metió en la parte que nadie ve, la que hace que todo lo demás sea posible. Su relato sirve para medir la distancia entre lo que había y lo que hacía falta. Los núcleos de Linux de 2001 y 2002 no traían de serie casi nada de lo que un CD en vivo necesitaba.

«Para que funcionase Knoppix necesitábamos un cloop, es decir, comprime la información que estás metiendo ahí para que no ocupe tanto y entre en un CD. No vienen los kernels por defecto de Debian. Había que meter ese parche.»

Sergio González

A aquello se sumaban el sistema de sonido, que por entonces era OSS y aún no tenía ALSA integrada por defecto, el hotplug para reconocer dispositivos conectados en caliente, una imagen gráfica de arranque para evitar el chorro de caracteres que asustaba a cualquier usuario acostumbrado a Windows, y el parche de baja latencia que Knoppix popularizó para que el audio no tardara medio minuto en sonar. Cada una de esas piezas había que compilarla, empaquetarla e integrarla, y cada integración rompía algo que antes funcionaba.

La parte más artesanal fue la de los módulos. El equipo compiló una cantidad enorme de controladores que las distribuciones al uso no incluían y los metió en el disco de arranque inicial para que el sistema pudiera cargarlos al vuelo. Con esos módulos en la mano, hicieron algo que todavía hoy suena a trabajo de orfebre, cruzar la base de datos de hardware de Knoppix con la de Mandrake y con la de Discover, añadir sus propios datos y generar una base más amplia que cualquiera de las originales. El resultado era un sistema que reconocía más máquinas que sus competidores, incluso en equipos profesionales recién comprados que no estaban bien soportados.

«La cantidad de hardware que soportábamos era bastante mayor. Y eso hacía más locura.»

Sergio González

Locura es la palabra que usa él mismo para describir el episodio del arranque gráfico. Para conseguir la primera pantalla de arranque ilustrada hubo que abrir un editor hexadecimal sobre el cargador de SuSE, buscar dónde estaba la ruta de la imagen, meter la suya en el mismo camino y cambiar la referencia. Se hizo así hasta que el código fuente estuvo disponible y el procedimiento pudo hacerse como Dios manda. Mientras tanto, el equipo miraba constantemente lo que hacían Knoppix, Morphix y el resto de proyectos en vivo, con la sensación de estar corriendo una carrera contra todos.

Más allá del CD: escribir sin tocar el disco

Hubo una innovación que Juanje Ojeda considera decisiva y que casi nadie recuerda asociada a Metadistros. El cloop de Knoppix abrió una puerta de par en par, pero arrastraba problemas de tamaño y de rendimiento. El equipo empezó a buscar alternativas y encontró SquashFS para la compresión y UnionFS para las capas, y las combinó antes que nadie.

«Metimos esa combinación antes de que la metiera otra gente. El rendimiento era brutal. Estabas leyendo desde un CD que contenía más información que antes y podías escribir, porque UnionFS creaba una capa de papel de cebolla encima del CD de solo lectura en el que podías escribir en memoria solo aquellos cambios.»

Juanje Ojeda

Esa capa de papel de cebolla es, ni más ni menos, el principio que hoy gobierna los contenedores y los sistemas de ficheros superpuestos de medio mundo. En aquella época era ciencia ficción aplicada a un CD de 700 megabytes. Y de ahí salieron encadenadas las demás ideas, arrancar el sistema desde un fichero guardado dentro de una partición de Windows, guardar los datos entre sesiones en un lápiz USB, cifrar esa persistencia para que nadie pudiera leerla. Cada una de esas piezas llegó de la mano de alguien distinto, y ese es un rasgo del proyecto que conviene subrayar, la mezcla de gente con perfiles muy diferentes que iba sumando ocurrencias.

Roberto Santos pone nombre a uno de ellos. Mario Izquierdo, al que en el proyecto llamaban Mario Debian, implementó la parte de USB porque lo necesitaba en su trabajo con colegios de infantil, y acabó montando un sistema de escritorio completo que comercializó. No fue el único caso de alguien que entró a resolver un problema concreto y terminó aportando una pieza estructural.

El punto de encuentro de una comunidad

Metadistros no fue solo un conjunto de herramientas. Fue, sobre todo, un lugar. Los encuentros de desarrolladores y el taller fijo que se celebraba en los congresos de Hispalinux funcionaban como una cita obligada para cualquiera que estuviera trasteando con distribuciones en España.

«En los congresos de Hispalinux había un taller fijo que era el de Metadistros, y era uno de los talleres más concurridos, porque había gente con mucha solvencia técnica.»

Roberto Santos

Juanje Ojeda añade el matiz que explica por qué aquello funcionaba. Si te interesaban las distribuciones, si estabas en el mundillo aunque fuera de forma profesional, aquel era el sitio donde había que estar, porque allí se enteraba uno antes que en ninguna otra parte de la versión nueva de no sé qué o del parche recién publicado para el kernel.

Por el proyecto pasaron gentes de muy distinta procedencia y con grados de implicación muy diferentes. Guadalinex se incorporó de lleno, porque estaba en puertas y necesitaba exactamente aquello, y llegó a construir su parte en vivo con el esquema de Metadistros. La versión en vivo de Linex se hizo también con estas herramientas. Castilla-La Mancha utilizó partes con MoLinux. Las oficinas de software libre de varias universidades se interesaron por tener su propia distribución y encontraron en el proyecto un marco donde discutirlo. Y hasta los que preferían hacerlo a su manera, con sus propios mecanismos, seguían pasándose por allí, porque siempre había algo que pescar.

«Casi todas las distros de la época, de una u otra manera, aportaron y usaron Metadistros.»

Juanje Ojeda

La fórmula aguantaba porque el proyecto no exigía adhesión. Se podía usar el calzador, se podía usar el sistema de metapaquetes, se podía usar solo el instalador, o se podía no usar nada y limitarse a escuchar. Roberto lo compara con un mercado donde cada cual llega con su puesto y se lleva lo que le sirve. Y esa tolerancia fue también su límite, porque un proyecto que no exige nada a nadie acaba dependiendo de la energía de cuatro personas.

El instalador que acabó en Ubuntu

Hay una pieza concreta que cruzó fronteras y que casi nadie asocia con España. El instalador gráfico que se desarrolló para Guadalinex en colaboración con Canonical, partiendo del instalador que Metadistros ya tenía, se convirtió en la base del instalador que Ubuntu usó después con millones de usuarios en todo el mundo. Juanje Ojeda lo cuenta sin adornos, y con la precisión de quien estuvo en la sala.

«En Guadalinex, como parte de Metadistros, hicimos la versión gráfica del instalador para Guadalinex en colaboración con Canonical. Estaba basado en el instalador que teníamos antes, pero un poquito mejor hecho. Y ese fue el inicio del instalador que después usó Ubuntu.»

Juanje Ojeda

La colaboración no fue una sociedad entre iguales. Juanje la describe como una presencia discreta de la empresa dentro del proyecto, con gente mirando y colaborando pero sin tomar el mando de las decisiones. El resultado técnico, en cambio, es indiscutible, y enlaza con otra pieza que Roberto Santos destaca, la herramienta de particionado gráfico que permitía repartir el disco con una flecha en lugar de pelearse con la consola. Para un usuario que solo tenía un disco duro y quería conservar su Windows, aquello cambiaba por completo la experiencia.

El otro episodio que retrata la relación con Canonical ocurrió en los primeros encuentros de desarrolladores de Ubuntu, en Mataró y en Sídney. Allí Juanje se pasó horas discutiendo con los ingenieros de la empresa para que adoptaran SquashFS y UnionFS, tecnologías que el equipo español ya usaba con buenos resultados. Tardaron dos lanzamientos en hacerlo.

«Estábamos haciendo cosas que ellos después usaban. Y cuando ellos lo usaban, pues ya da igual.»

Juanje Ojeda

Ubuntu toma el relevo

La pregunta que sobrevuela todo el episodio es por qué un proyecto técnicamente superior acabó diluyéndose mientras Ubuntu se comía el mercado. La respuesta que dan los tres participantes tiene varias capas y ninguna es del todo cómoda.

La primera es que Ubuntu resolvió el problema que Metadistros tenía entre manos. El objetivo último del proyecto español era llegar al usuario final, con un CD que arrancara, que funcionara en hardware variado, que fuera fácil de instalar y que no asustara. Cuando Ubuntu apareció haciendo exactamente eso, con dinero, con un equipo grande y con una estrategia de comunicación brutal, la parte más dura del trabajo dejó de ser un problema y se convirtió en un producto que se podía usar de serie.

«Llegó Ubuntu, que ya solventaba mucho los problemas, porque al final el mayor problema que queríamos solucionar era llegar al usuario final. Y ya era como, ¿qué aportamos aquí? Podríamos aportar el sistema de metapaquetes, la colaboración entre distros, pero la parte técnica dura, la que nos había costado sudor y sangre, ya no era tanto problema.»

Juanje Ojeda

La segunda capa es de calendario y de recursos. Sergio González recuerda el detalle que hoy suena a arqueología, la campaña de Canonical de enviar CDs gratis a casa, con la que las asociaciones locales llenaban las charlas de discos recién impresos. Él mismo se encontró años después con un bloque de Ubuntus sin repartir.

«No lo hacíamos nadie. Guadalinex lo distribuía entre su público objetivo, pero Canonical lo hacía a nivel mundial.»

Sergio González

Juanje añade que aquella campaña, con la que cualquiera podía pedir veinte discos para una charla y recibirlos en casa bien empaquetados, no la había hecho nadie antes y cambió la historia de Linux, tanto que muchos técnicos españoles acabaron pasándose a Ubuntu por la sencilla razón de que era una base más estable y con mejor soporte de hardware.

La tercera capa es la más incómoda y la más interesante. Juanje explica que Canonical avanzó mucho más rápido que Debian por una decisión que suena a herejía y que era puro pragmatismo, soportar dos arquitecturas en lugar de diecisiete. Debian necesitaba que cada paquete funcionara en arquitecturas que solo usaba una persona en el mundo, y eso ralentizaba cada lanzamiento estable. Ubuntu dijo que con x86 y AMD cubría a todos sus usuarios y se concentró en que el hardware funcionara y en que la instalación fuera sencilla. Esa renuncia consciente a la universalidad fue una ventaja competitiva enorme.

Y luego está la cuestión de la mentalidad, que Sergio González formula con una frase que resume media historia de la innovación en este país.

«Lo de fuera es mejor que lo de dentro.»

Sergio González

La política del reino de taifas

Aquí el relato se vuelve político, y los invitados no lo esquivan. Cada administración autonómica quería su propia distribución, y no solo por razones técnicas. Había una necesidad de justificar el trabajo propio, de poder decir que aquello lo habían hecho ellos y no el vecino.

«Había un tema de sí, nos gusta esto, nos gusta el hecho de que nos facilite la tarea, pero nosotros tenemos que decir que lo hemos hecho nosotros. Y tenemos que ponerle algo que sea diferente de lo que ha hecho el otro, para poder justificar que lo hemos hecho tal.»

Juanje Ojeda

Jesús González-Barahona lleva el argumento al extremo y señala la paradoja, si al final lo que muchas administraciones acabaron haciendo fue coger Ubuntu y ponerle su logo encima, podrían haber hecho lo mismo con Metadistros, que estaba diseñado precisamente para eso, para arrancar con el logo de la cigüeña o con el que fuera y dejar el escritorio listo para el colectivo correspondiente. La tecnología existía y era española. Lo que faltó fue la decisión de apostar por ella.

Juanje añade un matiz que completa el cuadro y que tiene que ver con la política partidista. No solo pesaba la incomodidad de que el trabajo lo hubiera hecho el vecino. También pesaba que lo hubiera hecho alguien de otra comunidad gobernada por otro partido, y en algunos casos llegaba a pesar menos que lo hiciera alguien de fuera. Esa combinación explica por qué un país que tenía la mejor tecnología del momento en un nicho concreto no fue capaz de articular una apuesta común.

Roberto Santos aporta el dato histórico que ayuda a entender la urgencia de aquellos años. La transferencia de la educación a las comunidades autónomas puso a cada gobierno regional frente a la obligación de dotar de informática a miles de colegios con presupuestos insuficientes. Extremadura descubrió que con Linux podía hacerlo, y sin Linux no habría podido. Andalucía lo vio en Extremadura y lo aplicó a un territorio veinte veces mayor. Valencia lo vio también y construyó LliureX sobre esa misma certeza. Casi todos llegaron a la misma conclusión técnica por caminos separados, y casi ninguno quiso compartir el vehículo.

La parte técnica sin quien la vendiera

Sergio González introduce en este punto la que quizá sea la explicación más lúcida de todo el episodio. Metadistros tenía la parte técnica resuelta, pero carecía de algo elemental, alguien que la vendiera. Y no se refería a un comercial de ferretería, sino a una estructura política capaz de sentarse delante de un gobierno y defender el proyecto.

«Había una lista que era software libre en las administraciones públicas, que es el lobby que en este caso Hispalinux estaba intentando hacer. Yo tengo una parte técnica muy buena, pero la tengo que vender. ¿A quién se la vendo? Evidentemente, a los gobiernos, a las administraciones. Cuando eso dejó de existir, yo creo que se enfrió.»

Sergio González

Para dimensionar el esfuerzo, ofrece una cifra que retrata la época. En 2003 y 2004, Hispalinux tenía 117 listas de correo y 117 proyectos funcionando en paralelo, y prácticamente la misma gente estaba en casi todas. Él mismo estudiaba y dormía cuatro horas para poder atenderlo todo.

«Esto lo aguantas cuando eres joven y estás en un proyecto y en otro y en otro. Y al final no haces nada bien. Estás en cuarenta cosas y no acabas.»

Sergio González

La comparación con lo que hizo Canonical es inevitable, y Juanje la pone sobre la mesa con una imagen que no tiene desperdicio. Hizo una consultoría con Mark Shuttleworth, viajó en su avión privado, el Canonical One, y acompañó al fundador de Ubuntu a hablar con la Junta de Extremadura, con la de Andalucía y con la Generalitat valenciana, para venderles la distribución directamente a los políticos. Del lado español no había avión ni nadie con ese perfil. Sergio lo resume sin dramatismo, al frente del proyecto había gente joven con mucha energía a la que una oficina de software libre pagaba cuatro duros.

El idioma fue otro factor que jugó en contra. Juanje relata que cada vez que coincidía con un desarrollador veterano en un congreso de Hispalinux recibía el mismo mensaje, medio en broma medio en serio, con un puñetazo en la barriga incluido, aprende inglés, que Metadistros tiene que estar en inglés o esto no llega a ningún lado. Tanto se lo repitieron que se fue a Irlanda a aprenderlo.

La consecuencia se vio en los encuentros internacionales. En Mataró y en Sídney había gente con experiencia real en despliegues masivos, gente que había instalado distribuciones en miles de puestos con usuarios de verdad, y sin embargo la conversación no terminaba de cuajar. Del otro lado había desarrolladores brillantes contratados por Canonical, pero con mucha menos experiencia de campo, y la barrera del idioma impedía que el conocimiento circulara en la dirección que importaba. Jesús González-Barahona lo compara con la relación entre Debian y Ubuntu, donde Debian sobrevivió porque la gente seguía alrededor, incluso cuando muchos de ellos trabajaban para Canonical. Con Metadistros no hubo esa red de seguridad, porque las discusiones importantes estaban en un idioma que la otra parte no iba a leer.

La forja de Extremadura y el SourceForge secuestrado

Si hay una anécdota que resume el espíritu del proyecto, es la del día en que Roberto Santos decidió que España necesitaba una versión en vivo de SourceForge. El razonamiento era impecable. SourceForge se había liberado, era el GitHub de la época, y su instalación era un infierno que muy pocos sabían completar. Si existía un CD que lo dejara funcionando solo, cualquier organización podría tener su propia forja.

«Me cogí al único tío que en España se había instalado un SourceForge, que trabajaba en Telefónica, y lo secuestré durante dos días. Le enseñé toda la tecnología que había de Metadistros y le dije, esto es lo que tienes y lo que tienes que hacer es montar una live con un SourceForge dentro.»

Roberto Santos

El secuestrado se llamaba Vicente Ruiz, y el resultado se distribuyó y llegó a instalarse en el Ministerio de Administraciones Públicas, llevado en mano por el propio Roberto. De aquel trabajo salieron las forjas que después proliferaron por todas partes, con nombres que empezaban por la palabra forja y terminaban en el dominio que fuera.

La consecuencia de aquello fue más grande de lo que parece. Las organizaciones empezaron a montar sistemas de colaboración internos donde sus trabajadores publicaban cosas, y no siempre era código, ni siquiera siempre era software. Se usaban las forjas para coordinarse con socios y con subcontratas. Jesús González-Barahona apunta que en algunos sitios funcionaban casi como un antecesor de la nube, con documentos y flujos de trabajo compartidos antes de que existiera la nube.

Extremadura llevó la idea más lejos que nadie, porque por ley sus contratos tenían que ser de software libre y sus desarrollos tenían que publicarse en la forja. Juanje lo destaca como algo que fuera de España era sencillamente inimaginable.

«Tú veías cosas que hacía la gente de software para la administración que sí o sí tenían que estar publicadas en la forja, y podías bajarlo y tenías su licencia. Ese tipo de cosas en otros sitios era ciencia ficción.»

Juanje Ojeda

En Bruselas, donde se discutían estos asuntos en grupos de trabajo, las experiencias extremeñas se seguían con interés y con incredulidad a partes iguales. Jesús recuerda que reaccionaban como si les estuvieran contando algo marciano, y que la conclusión implícita era que, si era tan bueno, no podía ser verdad. Veinticinco años después, la Comisión Europea publica estrategias que hablan de solidaridad tecnológica y de autonomía digital, y Roberto Santos lo celebra con ironía.

«Hace veinticinco años teníamos esa misma estrategia, pero no se la creyeron.»

Roberto Santos

La red de gente y dónde acabó

Hay un legado que no aparece en ningún repositorio y que los tres participantes mencionan con insistencia, la red de personas. Juanje habla de amigos por toda España y por Sudamérica, de una manera de compartir problemas y soluciones que no ha vuelto a encontrar con la misma intensidad. Él mismo tuvo una etapa en la que la universidad le pagaba para trabajar en Metadistros, con la contrapartida de repartir CDs entre los estudiantes.

Después vino la dispersión, que no fue un fracaso sino una consecuencia lógica. Sergio González lo explica con una idea que merece la pena retener, un proyecto así no se puede liderar toda la vida con la misma gente, y en Metadistros no hubo relevo.

«Si Juanje al final lidera Metadistros, no puede estar de por vida liderando Metadistros. Tiene que haber una renovación en este proyecto. Y creo que una de las causas es que igual no la hubo.»

Sergio González

¿Dónde acabó aquella gente? Juanje los va viendo por LinkedIn, en empresas de infraestructura, de seguridad, de inteligencia artificial, en proyectos comunitarios. Su lectura es que el paso por el proyecto funcionó como un filtro, porque quien sobrevivía a los primeros correos de la lista y al primer código enviado era porque tenía madera.

«Todos ellos ahora mismo tienen buenos trabajos y son buenos técnicos, y ya eran de antes. No ha sido por Metadistros.»

Juanje Ojeda

Sergio aporta una historia que casi nadie conoce y que ilustra el otro final posible. Con Carlos Moreno, Luis Llorente y alguna gente más, montó todos los papeles para crear una empresa de servicios de software libre en Castilla y León. Encontraron oficina, hicieron un proyecto de reforma en un local de sus padres y aportaron como capital los ordenadores de cada uno, porque dinero no había. Después se sentaron a definir el público objetivo y descubrieron que no había clientes. Los colegios de su entorno no usaban software libre. La administración de su comunidad tampoco. Así que no montaron la empresa, y el proyecto de reforma quedó guardado en un cajón hasta que él lo encontró años después.

Un final que no es un fracaso

Conviene decirlo con claridad, porque es la conclusión que sostienen los protagonistas. Metadistros no fracasó, se disolvió porque había cumplido su función. Su objetivo era facilitar que otros hicieran distribuciones, y cuando otros pudieron hacerlas, algunas con sus propias herramientas y otras directamente sobre Ubuntu, el proyecto había ganado.

«No creo que fuera un tema de que el proyecto fracasara, sino que el proyecto había triunfado. Había llegado, había cumplido su ciclo de vida.»

Juanje Ojeda

Lo que sí se perdió fue la memoria. Aquellos años son desconocidos incluso para la gente del sector, y a alguien de treinta años le cuesta creer que en España se estuvieran resolviendo problemas de arranque, de detección de hardware y de sistemas de ficheros en capas diez años antes de que se convirtieran en estándar. Juanje recuerda haber ido a pueblos de Andalucía y a bibliotecas donde la gente conocía y usaba Guadalinex, y haber visto en Extremadura centros donde el software libre había llegado de verdad a la vida cotidiana. Ese impacto existió y luego se desinfló, en buena medida porque dependía de que una administración siguiera poniendo dinero.

Hay una consecuencia de todo aquello que Juanje subraya con la perspectiva de quien ha vuelto al oficio dos décadas después. Dedicarse a fabricar distribuciones ya no tiene sentido como fin en sí mismo, salvo en casos muy concretos, y el suyo es uno de ellos, porque un coche necesita un sistema certificado y controlado hasta el último detalle. Lo que sí conserva valor es la capacidad de construir sobre lo que otros ya han resuelto, sin repetir el trabajo desde cero. Esa lección, que Metadistros predicó cuando casi nadie la entendía, es hoy el sentido común de toda la industria del software.

Sergio González introduce la reflexión que mejor cierra el círculo. Durante años, las charlas sobre software libre en España insistían en una idea, vamos a usar productos que alguien desarrolla fuera y nosotros daremos servicios sobre ellos, impulsando así a las empresas locales. El modelo funcionó mientras hubo administraciones dispuestas a contratar esos servicios, y se rompió cuando cerraron el grifo. En otros países el planteamiento era distinto, se ponía dinero en un producto propio con vocación comercial, se asumía el riesgo y, si salía mal, se probaba otra vez.

«Debian es muy buena distribución, pero la base donde la tiene está en Estados Unidos. Nosotros estamos aportando a un proyecto estadounidense, que muy bien está, pero no es un producto europeo ni es un producto español.»

Sergio González

Jesús González-Barahona añade la que él considera la gran oportunidad perdida. Muy poco después de Metadistros empezó a despegar el Linux embebido, y quienes habían trabajado en el proyecto tenían todo lo necesario para montar un teléfono, un televisor o un sistema para automoción. Eran probablemente los mejores expertos del mundo en aquel momento y no surgió el ecosistema de empresas que podría haber surgido. Lo hicieron otros, con menos conocimiento técnico, y algunos de los que lo hicieron eran españoles que acabaron trabajando para Nokia.

El software libre invisible

Roberto Santos cierra el episodio con una frase ajena que resume el estado de la cuestión. No existen grupos de usuarios de corriente alterna, dijo Juan Tomás, y nadie los echa de menos porque la corriente alterna está en todas partes. Con el software libre pasa lo mismo, está en Azure, está dentro de Windows, está en los coches, en los teléfonos y en los televisores.

«Ya hemos ganado. Cuando vi el documento de la Comisión Europea lo puse en uno de los Telegram donde estoy y dije, tomad una cerveza y disfrutad del documento, que ya lo habéis leído hace veinticinco años, pero ahora lo firma otra gente.»

Roberto Santos

Sergio González aporta el dato que convierte la celebración en algo verificable. En su empresa, más del noventa por ciento de las máquinas son Linux, aunque el usuario vea un Windows encima. Y enumera los sitios donde sigue encontrando el espíritu de aquellas listas, RedIRIS entre ellos, con gente inquieta en universidades resolviendo problemas con software libre y preguntándose cómo hacer las cosas, igual que se preguntaban en 2003.

La conclusión que deja el episodio es agridulce y bastante honesta. España lideró durante unos años una tecnología útil, la puso al servicio de proyectos reales y la perdió por una combinación de política menuda, falta de ambición comercial, ausencia de una estructura que la vendiera y una barrera idiomática que aisló el conocimiento. Al mismo tiempo, la gente que pasó por allí acabó en puestos interesantes, muchas veces empujando el software libre desde dentro de empresas y administraciones, y el software que ayudaron a construir está hoy en todas partes sin que nadie lo note.

Con este episodio cerramos la serie y la temporada. Han sido cuatro episodios con Roberto Santos como hilo conductor, y el equipo ya amenaza con una segunda temporada. Si te ha interesado lo que cuentan Juanje Ojeda y Sergio González, o quieres seguir la pista a los próximos episodios, todo está en laeradelasdistros.es.


Más información

  • Proyecto Metadistros en la forja de RedIRIS — copia archivada del espacio original del proyecto, con su definición de metadistro y su enfoque de colaboración.
  • Proyecto Debian — la distribución madre sobre la que se construyó buena parte del trabajo técnico y de donde salieron varios de los desarrolladores que participaron.
  • Ubuntu — sitio oficial de la distribución que tomó el relevo en la parte más dura del trabajo y cuyo instalador gráfico nació del desarrollado con Guadalinex.
  • Canonical — empresa responsable de Ubuntu, con la que se colaboró en el instalador y en los primeros encuentros de desarrolladores.
  • Hispalinux — asociación que articuló la comunidad española de software libre, con sus congresos y su lista sobre software libre en las administraciones públicas.
  • Linex — distribución de la Junta de Extremadura, pionera en el despliegue masivo y en la obligación de publicar los desarrollos en la forja.
  • RedIRIS — red académica española que alojó forjas y listas, y que hoy mantiene vivo el espíritu de aquellas comunidades técnicas.
  • Knoppix — la distribución en vivo que sirvió de referencia y de punto de partida técnico para el trabajo del equipo.
  • Documentación del kernel sobre SquashFS — sistema de ficheros comprimido de solo lectura que Metadistros adoptó antes que Ubuntu.
  • Documentación del kernel sobre OverlayFS — heredero directo de las capas de UnionFS que permitían escribir sobre un CD en vivo.
  • SourceForge — la forja que se empaquetó en una versión en vivo para facilitar su instalación en organizaciones públicas y privadas.
  • CENATIC — centro nacional de referencia para la aplicación de las TIC basadas en fuentes abiertas, con el que se colaboró en la última etapa a través de Guadalinex y Linex.
  • La Era de las Distros — web del podcast, con el resto de episodios de la serie y de la temporada.

Participantes:

  • Juanje Ojeda
  • Sergio González
  • Roberto Santos.
  • Jesús González-Barahona. Catedrático del área de Ingeniería Telemática en la Universidad Rey Juan Carlos (Móstoles, Madrid).
  • Lorenzo Carbonell.

Música:

Discovery by Scott Buckley – released under CC-BY 4.0. www.scottbuckley.com.au

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